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May 31, 2006
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I



- ¿Adónde van nuestros recuerdos?
La pregunta flotaba en la mente de nonagenario hombre que miraba por la amplia ventana principal de la casa: los vestidos largos de las señoras de sociedad casi tocaban el suelo que todos por igual, sin importar el estrato social, pisaban. Después el viento se encargaría de llevar el polvo a través de los confines del mundo material.
- ¿Por cuánto tiempo puede perdurar un recuerdo?
Estaba más que harto de tener que formularse esa clase de preguntas todos los días, y que éstas existieran por tanto tiempo en su gastado cerebro. Mientras él filosofaba con gran pesar se detenía a ver todo lo que lo rodeaba; cuando lo hacía se sentía mucho más miserable y viejo de lo que ya era… resultaba un milagro que alguien pudiese prolongar su línea de vida hasta los noventa años, completamente lúcido. Vivir era algo que para él ya no valía la pena, pues todo lo había visto, sentido, gozado y sufrido.
- Todo es tan frío…
El sol alumbraba todo lo que podía a esas horas de la tarde que estaba a punto de culminar como todos los días en aquella vieja ciudad repleta de gente ataviada en ostentosos vestuarios que actuaban como reflejo de la sociedad  en la que vivían. Los hombres eran personas a las que se les debía respeto, pues gracias a ellos – decían – se había forjado todo lo que se podía contemplar en aquel lugar. Bellas mujeres transitaban por las calles entre las miradas lascivas de los respetables.
Siempre recorría su oscura habitación acompañado únicamente por sus suspiros, y es entonces cuando decidía salir para encontrarse en un corredor con candelabros ubicados en las paredes que se adornaban con cuadros pintados con óleo por el anciano, todos éstos tenían un rasgo en común: la figura fantasmagórica de un ser de cuya cabeza brotaba una cascada dorada que caía sobre una piel blanca completamente desnuda. Cuando caminaba en el corredor llegaban a su mente cientos de recuerdo y vivencias que trataba de matar de cualquier forma.
- ¡Maldito espectro que me mantiene vivo! – maldecía dando golpes en la pared – ¿por cuánto más? ¡Dímelo ya! 1842… ¿cuánto más? ¿1850? Si tan sólo el tiempo se extinguiera de una buena vez como mis ganas de vivir.


Su mirada se pierde en una multitud donde impera la presencia demoníaca que jamás ha podido comprender. ¿Qué es una mirada en un lugar repleto de seres? Eso es algo que no le interesa en lo más mínimo. Ahora, mientras camina entre la jungla de asfalto sólo piensa en que quiere pasar desapercibida por los hombres lujuriosos que  contemplan sus senos enmarcados en un escote que la hacía verla sensual… ése no era su objetivo.
- ¡Basta!
Ahí está de nuevo la voz que habita en su mente. Ya ni siquiera se sobresalta al escucharla mientras fuma un cigarro, del cual emana un humo que impregna con su hedor la casa que su difunta madre le dejara como herencia algunos años atrás, cuando todo parecía ser normal. Ella misma decía que era absurdamente grande para que ahí habitara una bella solterona moderna; tenía razón. La casa en verano siempre parecía que aumentaba de tamaño, en invierno, estación actual, se vuelve un recinto que se calienta sólo por su presencia y el café.
Interrumpe el cigarro de medio día para dirigirse a la puerta debido a que una persona toca en medio de la parte más interesante del libro que lee. No le importa de quién se trate, es por eso que camina lentamente. Sale de la cocina y se dirige de manera sutil hacia la sala que, a pesar de verla a diario, tiene algo que la cautiva e impresiona cada vez más. En esta ocasión no se detiene para echar un vistazo a dicha estancia, sino que abre inmediatamente la puerta de madera, ya que el sonido del agudo timbre la aturde.
- ¿Quién es? – pregunta antes de quitar el seguro.
- Correo – responde la fémina que no denota emoción alguna más que apatía. Al parecer el cartero se encontraba de vacaciones; jamás había tocado a la puerta una mujer para entregar la correspondencia.
- Para algo está el buzón – se queja.
- Tengo órdenes expresas de entregar esto en persona a la señorita Laura Segovia Vega.
- Está bien, pues.
Abre la puerta y le extraña lo que ve. Se hechizan las miradas de las damas: parece que Laura puede ver algo más allá de su compresión a través de los ojos grises de la persona que le entrega el correo, aquella que sonrió levemente cuando se adentró en los misteriosos ojos de color verde de la propietaria de la casa.
- Firme aquí – señala.
- ¿No me va decir qué es el dichoso paquete?
- Un rectángulo envuelto. ¿Puede firmar?
- Tenga – dice cuando le entrega el papel con la firma.
- ¿Sabe? Un recuerdo puede ir más allá del olvido… pues olvidar es recordar que lo vivido se ha perdido en algún tiempo distinto… en otro confín. El olvido sólo trae recuerdos de soledad – expresa misteriosamente mientras se esfuma entre la mirada atónita de Laura, quien piensa que, más que filosófico, eso había sido completamente absurdo.


- ¿Es capaz de renacer el espíritu que mora entre las sombras en otro espacio de tiempo?
Sus traumas afloraron cuando besó por última vez los finos labios de quien yacía apaciblemente en la cama cubierta de rosas rojas que expedían un fragante aroma. Mientras pensaba en la misteriosa pregunta que se hizo recorría con su mano derecha la mejilla de su compañera; admiraba su belleza al desnudo de manera tan natural que creía tener a la misma Afrodita durmiendo y mostrando a los mortales su deslumbrante ser de piel blanca como la nieve que se ajustaba perfectamente a su angelical y delgada figura de torneadas piernas y misterios sin descubrir, aquellos que se mantuvieron ocultos durante una vida, misma que la esculpió a la perfección, de manera tal que la mirada promiscua se desvaneciera al momento de mirar  con fascinación al par de senos que eran bañados por una cascada dorada que se expandía hasta las lejanas fronteras de su geografía.
- Duerme, amor – pronunció en voz baja, completamente extasiado –. Descansa para que pueda verte en todo tu esplendor.
Lo iluminaba todo, dos pares de velas dispuestas en las cuatro esquinas de la lujosa y bella habitación, en el medio de la cual se lograba vislumbrar la enorme cama recubierta de pétalos de rosa. Estaba todo preparado para que diera inicio justo cuando el sol parece ser de un intenso color anaranjado que impregna en su totalidad a toda ánima.
- Sueña, dueña de mi alma, que te acune mi voz.
Cuando expresaba sus más profundos sentimientos los ojos del joven destellaban  y emanaban profundos deseos, que desde tiempo atrás eran más frecuentes. Parecía reflejarse en el espejo que divide a la realidad y la fantasía; en éste veía su rostro masculino enmarcado por una oscura cabellera de considerable longitud que mostraba reflejos rojizos debido a la iluminación de la habitación donde, en una posición estratégica,  se encontraba un lienzo.
- ¡Encarcelo la esencia que habrá de ser eterna!
Se derrumbó, mirando atentamente a sus manos manchadas. Observaba el suelo. Reía para después comenzar a sollozar. Una a una caían las gotas sobre el piso cubierto por una alfombra color rojo escarlata.
- ¡1782! Ha quedado escrito con la pintura del cuerpo el año en que todo ha comenzado a cambiar. El año que dicta mi muerte, el instante que me profetiza un futuro atado a tu belleza.


Salía a caminar a lo largo de su hacienda cuando despuntaba el alba y el rocío de la mañana humedecía su piel. Veía a la niebla disolverse en el medio de las montañas que quedaban cerca de su lugar de residencia. Durante esas apacibles mañanas la brisa movía su ondulado cabello negro como la noche y largo como una vida. ¿Cuál era el objetivo de esta rutina que existía desde hacía varios lustros? Era una humana y se comportaba como una máquina programada por algún ente malévolo. Le molestaba el hecho de tener que estar confinada en una lujosa prisión decorada con pilares de estilo jónico, amplias habitaciones con grandes espejos, y una servidumbre digna de admirar, incluso, por personas del estrato más elevado.
- Señorita, ya está servido el desayuno – anunciaba la robusta ama de casa.
- ¿Lo de siempre? – cuestionaba, con una mirada fría.
- Café cargado, pan y huevos; como usted lo dispuso – repuso un tanto harta.
- Y así será.
Deglutía el alimento como siempre lo hacía, sin embargo ya no podía disfrutar como antes, ahora era un simple alimento alto en cafeína, un poco de proteínas y algunos lípidos. Fijaba la mirada en un punto y todo lo demás comenzaba a tornarse oscuro. El centro se iluminaba. Un suspiro rompía con su concentración, y al finalizar éste intentaba retomar el escape de la realidad.
- Señorita Rebeca, ¿me tiene confianza? – preguntó.
- Supongo, Dominga – una luz apareció en sus ojos.
- ¿Por qué decidió hacer esto con su vida?
- Ay… – volvió a suspirar. En su boca se dibujó una leve sonrisa.
Ese día no terminó su desayuno. Por alguna razón perdió el apetito, cosa que la hizo sentir un tanto extraña y ampliamente mejor que en todos los días en que había decidido vivir como lo hacía, siempre con el misterio que la representaba.
La luz comenzó a desaparecer y el punto focal se iluminó; esta vez no pudo ser detenido el fatídico proceso al que se sometía. Se preparaba para derrumbarse. Prefirió no entrar en su trance en el comedor, así que caminó hasta su habitación que se iluminaba como ninguna parte de la enorme casa.

II


Laura se encuentra muy intrigada por las palabras que la misteriosa mujer del correo le dijo hacía pocos segundos. Sostiene con una mano el paquete que se mantiene apoyado en el frío suelo de la casa que parece llamarla. Camina con cierta incertidumbre hasta la sala, donde comienza a rasgar la envoltura de papel que recubre al misterioso paquete. Cuando culmina su labor, y antes de poder ver de qué se trata, el timbre vuelve a sonar; ante eso no sabe si abrir nuevamente la puerta o aparentar que no se encuentra en el lugar. El sonido se hace más insistente. No quiere asistir al encuentro del ser detrás de la estructura, pero algo en su interior le dice que debe hacerlo; ante esa disyuntiva, prefiere darle razón a la voz que le habla desde lo profundo de su mente.
Qué día para ella… Lo que ve es algo que por mucho tiempo creyó olvidado, muerto, o desaparecido en algún lugar de la existencia. Los latidos de su corazón se aceleran un poco, así como el ritmo de su respiración. Intenta decir algo, pero no puede. Se queda estática pensando en qué decir y cómo hacerlo.
- ¿No te da gusto verme, Laura? – pregunta primero el hombre que tiene cubierta la parte inferior de su rostro con una viril barba castaña.
- Me hiciste caso – le contesta la chica; acaricia la parte del rostro del sujeto poblada por la barba; pasa una de sus manos por el cabello medianamente largo, y sonríe.
- No tenía nada qué perder – sonríe también.
- ¿Quieres pasar? – lo escudriña.
- A eso venía, linda.
Se maravilla con lo que ve: una amplia sala en cuyo centro se pueden apreciar finos sillones de color blanco, así como algunos cuadros en las paredes que se elevan a una gran altura, coronándose en el techo del cual cuelga una hermosa estructura que ilumina el sitio.
- Siempre se ve más grande – comenta mientras inspecciona.
- Ya la habías visto varias veces, Alfredo.
- Sí, pero siempre parece hacerse más grande de lo que es. No lo sé… quizá sea porque donde viví durante estos años era un lugar bastante pequeño.
- Pero tú también eres un riquillo.
- Un departamento que parece un huevo, ubicado más o menos cerca de Les Champs Elysées, no es precisamente una mansión como ésta.
- ¿Te trató bien La France? – pregunta intrigada.
- Huele a ese café que tanto me gusta y hacía falta. Si no fuera mucha molestia, me gustaría tomarlo acá en la sala. Ya sabes, dos de azúcar.
Ella se dirige a la cocina, con una sonrisa en el rostro y un suspiro por delante. Sirve el café en una taza oscura que tiene un par de letras grabadas. Cuando regresa a la sala se encuentra a su inesperado invitado inspeccionado una fotografía, cuyo elegante marco era de madera muy trabajada, seguramente, por algún artista mal pagado.
- De Chiapas – respira y bebe un poco del café –, no sé por qué le hacen tanta propaganda al colombiano, cuando acá tenemos tan buen café, especialmente el de Chiapas; el de Veracruz es muy bueno también, pero me gusta más el chiapaneco. Esto, querida, no lo encuentras en la patria gobernada por Sarkozy; allá puro cuernito con jamón, vino, y queso.
- Croissant…
- ¡Cuernito! Y mira que hasta se le extraña al pan pedorro de Bimbo.
- O sea que no te fue muy bien – se aventura a afirmar.
- Más o menos… mi único consuelo eran: Carmen de Bizet, El Bolero de Ravel, La Damnation de Faust de Héctor Berlioz las piezas de Bach, Vivaldi, del virtuoso Paganini, Dream Theater, Deep Purple, Judas Priest, Avantasia y Stratovarius.
- ¿No te llevaste los de Mozart y Nightwish?
- Claro. Por cierto, ese cuadro que no has colgado aún es simplemente genial.
Ella voltea y observa por primera vez en todo su esplendor lo que recibió por correo. La maravilló por un lado, por el otro le produjo un escalofrío.


En un momento todo estaba en calma: la gente recorriendo las calles y la plaza; en otro instante todo cambiaba, y era el todo lo que más daño le hacía. Qué importaba si veía una revuelta en la cual la sangre se hacía presente, él también podía sangrar como todo humano.
- Ahí va otra vez – se dijo a sí mismo el nonagenario anciano que se encontraba en el marco de la puerta de su enorme casa.
Su mirada se quedaba igual de gris e impasible ante la masacre y el terror que se suscitaba a unos cuantos metros de él. Las personas dejaron de caminar y comenzaron a correr atemorizados cuando veían a los sujetos a caballo asaltando a quien se le pusiera enfrente. Gritos y sollozos penetraban sus oídos.
- Más vale que muera algún cristiano, sería lo mejor que podría pasarle al hombre o mujer – cuando lo dijo se escuchó un disparo.
Ahí yacía el muerto con un pequeño hueco en el cráneo, de éste emanaba lenta y progresivamente la espesa sangre. Murió solo, aunque estaba en esa multitud nadie lo vio, nadie le lloró, nadie se lamentó. Aquél que disparó no tenía el menor remordimiento, incluso rió al ver al pequeño cadáver solitario, acostado sobre su espalda, con la boca entreabierta y los músculos en total relajación.
El anciano, sin temor, se acercó al cuerpo. Lo miraba fríamente. Intentó adivinar su edad, primero calculó doce años, luego diez; sabía que era un simple niño que, quizá, sólo paseaba por ahí durante la revuelta. También quería saber de qué estrato era el infante, eso tan sólo lo pudo intuir mediante su físico y vestimentas: piel blanca, cabello negro, ojos marrones; la ropa en perfecto estado, sin tener en cuenta los machones de sangre; parecía ser costosa.
- Estúpidas ironías de la vida y de la muerte.
Cuando lo tomó en brazos todo pareció calmarse, pues los agitadores habían desaparecido. La gente lo miró con cierta pena y lástima.
- Lo siento mucho – le dijo una señora –. Pero sepa que los culpables pagarán por esto; vea que matar a un niño, eso no tiene perdón de Dios.
- Déjeme en paz – le reclamó.
Entraba a su casa con el cadáver a cuestas. Sus brazos estaban cubiertos por la sustancia viscosa que aún salía de la cabeza del niño. Continuó su caminata a través del lugar y no se detuvo sino hasta toparse con una puerta. Suspiró cuando entró, y depositó el cuerpo en una cama bastante elegante.
- Cuando menos me lo esperaba… ¿a quién tengo que agradecer por dejar libre a esta alma que merecía serlo? No lo sé… y pienso que todo sería más fácil si fuésemos etéreos, pero no, somos una dualidad: físicos y espirituales. Me pregunto qué es la presencia; pienso yo que es algo intermedio entre lo onírico y carnal – los años lo habían dejado sin palabras comunes, ahora su único consuelo era preguntarse el porqué de lo que no debe siquiera ser cavilado.
La soledad a la que estaba sometido hizo que hablara solo continuamente; pensaba que de esa manera alguien lo entendía y sufría su sufrimiento. Entre sus palabras fugaces perpetuaba más acciones: desvistió al niño completamente. Parecía tan puro y apacible, como un pequeño ángel caído del cielo por accidente.
- ¿Renace nuestra presencia a través de las eras y volvemos a nacer? Quizá…


- Te amo, Rebeca – susurró en su oído.
- Y yo a ti – replicó con una gran sonrisa y resplandor en sus misteriosos ojos.
Los labios de ambos se unieron; los brazos de Rebeca rodeaban al cuerpo del hombre.
- ¿Cuándo partes? – preguntó ella.
- Mañana a primera hora – le contestó, siempre mirando a sus ojos.
- ¿Es necesario que te vayas? No me gusta eso…
- Es mi deber. Yo quisiera que no fuera así, y que todo se acabara de una buena vez, pero eso es imposible, así es nuestro país: siempre está en lucha.
- ¡Es algo inútil! El presidente se fue el año antepasado, ¿por qué siegue la supuesta revolución?
- Problemas mayores, supongo. No sé, amor, pero es mi obligación defender al país.
- Defender al país, ¡ja! Defender a México de los mexicanos… eso me gusta. Raúl, si te marchas a combatir por una estupidez me quedaré sola, siempre extrañándote.
- No es una estupidez, Rebeca, es luchar por la patria, por nuestros ideales de paz, justicia y libertad. Es por eso que tengo que irme.
No contestó, simplemente se marchó de aquel sitio sin mirar el rostro del hombre que la dejaba para tomar parte en un acto bélico. Ella, por su parte, se dirigió hacia su habitación. Entró cuando se aseguró que no había nadie. Fue directo al fondo de la pieza, era el lugar donde reposaba un enorme espejo que reflejaba su figura, delgada y hermosa, con ese cabello rizado y negro, y esos ojos grandes de un enigmático color gris. Hacían los rasgos de su cara que su belleza resaltara en gran medida, debido a su boca pequeña de labios finos que era otro atractivo.
Su compañero irrumpió en la habitación sin tocar, pero haciendo el mínimo escándalo para que no saliera a flote el temperamento de Rebeca. Posó una de sus manos en el hombro de su compañera, quien no se inmutó.
- ¿Cuándo regresaras?
- No lo sé… pero ten por seguro que lo haré – estaba algo temeroso, había algo en ella que lo intimidaba.
- Sí, claro – contestó sarcásticamente.
- ¿Por qué te pones así? Es mi deber.
- Porque te amo, y no quiero perderte – dijo conmovida.
- Igual que yo, es por eso que regresaré.
- Gracias… ¿ahora qué?
- ¿De qué?
- ¿Tendremos sexo?


Quisiera decir que ya todo lo olvidé, pero no puedo hacerlo, pues el recuerdo me persigue por siempre; de cualquier forma ya estoy más que acostumbrado. ¿En qué año fue? Eso es algo que también lo recuerdo a la perfección, al igual que la hora, ¿importan todos esos datos? No lo creo. Ahora me pregunto qué era mejor, si guardar todo en el olvido o hacer lo que hice: mantener todo vívido. Bah. Lo hice, eso es lo que sí importa, tanto como la noche que ha llegado en este momento.
- Mi señor… – ¿por qué me interrumpe siempre?
- Pasa Adela – está bien, veamos qué tiene que decir.
- Sé que odia que lo interrumpa cuando está en sus aposentos…
- ¿Aposentos? Vamos, cuarto, habitación, no quiero palabras sofisticadas.
- Perdone, es que la señora…
- ¿Qué sucede con ella? – no me preocupes Adelita. Le digo y luego pienso.
- Mandé a una de las criadas en busca del doctor Quiroga… señor, su mujer se ha desmayado en la sala. No soy quién para decirlo, pero esto no se ve bien.
Las palabras sobran, Adela. ¿Por qué? Supuse que era tan sólo un resfriado, ¿por qué me lo ocultaste, amor? Ya nada importa, ni siquiera la noche. Ahora te veo acostada en esa cama con una expresión de dolor. Y quiero hablarte, pero no me salen las palabras; quiero acercarme a ti y besarte, pero me aparto de tu lado. Tan sólo queda derrumbarme al pie de tu cama y dejar que se escapen unas cuantas lágrimas y maldiciones, blasfemias y lisuras. ¿Por qué, Dios? Dicen que velas por la vida de todo ser; ahora mira lo que has hecho, ¿te parece justo? Eres tú el que apagó su luz.
- Por favor déjeme solo con la señora – me dice el doctor Quiroga.
Ya lleva un buen rato ahí, ¿qué es lo que estará pasando? Cada vez se hace todo más oscuro. No soporto más. Nuevamente miro al cielo, pero no estoy observándolo desde mi ventana, sino que ahora puedo contemplar su misterio en compañía de unas cuantas flores y arbustos. Me doy cuenta de algo: aunque todo esté oscuro aún hay luz, ¿pero qué es lo que se abre paso en el otro? ¿Son los brazos de la oscuridad los que rodean el cuerpo de la luz, o es ésta la que riñe constantemente para abrirse paso entre la noche?
- Dígame qué es lo que tiene Aurora.
- Esté con ella en sus últimos minutos – me dice –. Ella tiene tisis, y muy avanzada.
- Entiendo… ahora lárguese, ¡lárguese! ¡Adela!
- ¿Me llamó señor?
- Ve y tráeme rosas, a Aurora le encantan, así que encuentra muchas y tráemelas, ¡vamos! Es de vida o muerte. No me interesa que sea de noche.
¿Qué clase de castigo éste? Pero yo lo sé, conozco tus secretos y la manera en cómo juegas con nosotros. Te he descubierto, ¡lo sé! La muerte la hiciste para deleitarte. Pero nada puede extinguirse en su totalidad; el alma es inmortal, es nuestra esencia. Ya sé por qué condenas la necromancia. Eso no es para mí, lo que pasa es que Tánatos me revela sus secretos y su complicidad con Hipnos.

III


- No puedes negar que se parece a ti, sólo que rubia – dice Alfredo.
- Yo qué sé, más bien me asusta – responde Laura.
Alfredo se levanta del sillón y se dispone a inspeccionar el cuadro. Lo hace con maestría y dice:
- ¡Estruendoso, magistral, excitante! ¿No dice quién lo pintó?
- Creo que te emocionas demasiado – ríe nerviosamente la mujer.
- Demasiado es poco. Me conoces, sabes que el buen arte es mi vicio…
- Sí, lo sé, pero no empieces con tus listas. Ya me la sé, de Héctor Berlioz a Faulkner. No quiero éxtasis artísticos, al menos hoy…
- Mira a tu pintura mística y explícame por qué no las has colgado – exclama ansioso.
Se hace presente un silencio sepulcral cuando ella se acerca al cuadro. Lo toma y lo coloca sin cuidado alguno en la mesa y comienza a despojarlo del marco ante la mirada atónita y en parte furiosa del hombre. Él la toma en brazos y la aparta violentamente.
- ¿Qué te pasa? – pregunta enojada.
- ¡Pregúntate eso a ti! – le grita, acercándose.
- ¡No me hables en ese tono! – le da una cachetada sumamente sonora.
- ¡Ni tú me golpees así! – reclama; la empuja para hacerla caer sobre el sillón.
- Mira lo que hace tu pasión por el arte – dice Laura mientras es más aprisionada.
- ¿Me quieres negar que tú también sientes esa pasión? – la aprieta más fuerte.
- Nunca he podido negar pasión alguna, y tú lo sabes bien, Alfredo.
Se desencadena la pasión entre las obras de arte, entre Rembrandt, entre acordes de una guitarra flamenca, a través de las cuatro estaciones de Vivaldi, atravesando por la impetuosa quinta sinfonía de Beethoven hasta la calma del Bolero. Es en el oasis en el medio del desierto en el que Venus sale de la profundidad, en el momento en que Eva peca y come del fruto prohibido y Adán atraviesa el Edén. Lilith también aparece entre las dunas azotadas por el calor, y más allá en el bosque las ninfas y los faunos se hunden en el manantial. Cuando Gaia deja de estremecerse, Cronos es atacado por Hipnos.
Y después de que los ríos fluyeron entre las dunas, la paz llega y los amantes se reencuentran en un momento infinito. En su calma llega el caos… El timbre suena de nuevo, y Alfredo decide abrir la puerta.
- ¿Para qué vas a abrir la puerta? – Pregunta Laura preocupada – A como están las cosas, algún místico va a aparecer… primero la tipa rara con el cuadro, luego tú después de tres años, ahora qué.
- Por eso mismo, a ver qué pasa – sigue avanzando hacia la entrada.
- Yo no sé… ya no confío en lo que hay detrás.
- ¿No te gustó verme? – pregunta con una sonrisa.
- Hablando de clímax… – también sonríe.
Llega mientras que el timbre seguía efectuando su peculiar sonido. Abre la puerta y ahí está de nuevo, con sus ojos hipnotizantes, con esa expresión impasible y su misterio. Él no lo entiende; Laura tampoco sabe qué es lo que está pasando.
- Alfredo Rigores Arriaga, excelso músico y escritor. Gusto en verlo otra vez – dice la extraña.
- ¿La conoces? – pregunta Laura acercándose.
- ¿Te conozco? – le pregunta Alfredo a la misteriosa mujer tras la puerta.
- Ya ni siquiera lo sé – responde
- ¿Quién eres? – cuestiona Laura.
- Cuando te enfureces tu mirada se opaca – dice la mujer extraña –. Laura Segovia Vega, periodista soltera y amante de la literatura. ¿No crees que el oficio de las artes es de lo mejor? Ni es oficio, es sentimiento puro. ¿De qué sirve escribir el Teorema de Pitágoras cuando puedes escribir un poema? El teorema ya lo escribieron muchos más y cada vez se vuelve más efímero, mientras que el poema es la muerte de un trozo de tu alma plasmada en un papel, único, incapaz de repetirse: esa muerte te dará la vida eterna en un recuerdo. Mucho gusto.
- Será tuyo el gusto, pero lo que yo quiero saber es tu nombre y por qué conoces todo esto y dices lo que dices – reclama Laura.
- Lo que sea de cada quién, pero esta mística habla genial, hasta parece que me sacó  el pensamiento – dice Alfredo.
- Pero si tú lo dijiste, aunque antes eras medio pintor, pero de pasatiempo, tu profesión era un asco – brillan sus ojos.

IV


Entraba una carreta a la hacienda cuando el sol ya había aparecido en lo alto del cielo de día. Los trabajadores lo vieron y fueron a alertar a Rebeca. La noticia fue comunicada a la ama de llaves.
- ¿Qué quieres, Dominga? – preguntó enojada.
- Es que alguien entró a la hacienda, en un coche, y exige verla.
- Ya voy – estaba intrigada.
Caminó rápido, como no lo había hecho en años. Su expresión también cambió: ahora estaba ansiosa y preocupada. Así, con esa inusual actitud, llegó antes de lo que creía al encuentro con la carreta que era de color negro con blanco. De ésta bajó alguien que portaba un traje militar.
- ¿Es usted la señora Rebeca? – preguntó.
- Sí, yo soy.
- Lamento decirlo, pero…
- ¿Raúl ha muerto? – adivinó.
- Sí… le expreso mi más sentido pésame.
- ¿Trae el cadáver? Sí, ya lo vi – se dirigió a la parte trasera y lo vio.
No pidió ayuda, ella sola pudo cargar el cuerpo de quien fuera la persona que amaba. Veía en su rostro una mueca de calma y felicidad; parecía sonreír. Ella no lloraba, incluso tenía la misma expresión de Raúl. Lo llevó al jardín y lo posó sobre el pasto que tenía unas cuantas flores; ya ahí lo besó por última vez y partió.
- ¿Cuándo llegará el día en que la oscuridad sea mi luz, como pasó contigo?


Adela fue rápida con el encargo. Traía muchas rosas rojas, gracias, gracias, las necesitaba para despedirme de mi amada Aurora como es debido, sí, primero se engaña y luego se efectúa todo lo que yo conozco y tú has condenado.
- Te traje estas rosas.
¿Por qué no me contestas? Sé que este detalle te gustó mucho porque en tu boca se dibuja una sonrisa. Tú no irás. No sé por qué, pero aún estando enferma te sigues viendo hermosa, como siempre, ni muerta dejarás de serlo. Qué hermosa se te ve esa piel tan blanca que se cubre por tu lacio cabello rubio. Siempre destellas con esos ojos verdes. Sí, es algo que debe perdurar por el tiempo y las eras.
- ¿Por qué traes ese lienzo? – puedo oír tu voz, y no es para agradecer…
- Voy a pintarte por última vez, mi amor. ¡Rojo, necesito rojo!
Escuché cómo tosías y me preocupé, por eso me acerqué para verte, para saber qué tan mal estabas, y lo descubrí: escupías sangre y tu mirada se perdía, parecía que se quedaba en lo profundo del universo. Lo recuerdo bien, tomé tu mano y sentí que querías sonreírme, pero no pudiste… lástima, hubiera dado lo que fuera por ver tu sonrisa una vez más. Quise ayudarte, pero no pude hacer nada, sólo podía verte mientras sufrías y tosías con sangre de por medio. Coloqué los pétalos en tu cama y me veías de una manera extraña, ¿no te gustó? Tú amabas esas flores. Después el silencio volvió a hacerse presente, no sólo en el ambiente, también en tu alma. Vi cómo tu sangre pintaba de color rojo tu piel. Habías muerto, y tendida en ese aposento te despojé de todas tus prendas, y pude ver tu maravillosa figura. Fue entonces cuando encarcelé la esencia, con tu sangre y la mía, con tu alma y la mía, y lo comprendí. La muerte no puede separar dos almas; la muerte no puede anular tu recuerdo, y menos si lo plasmo por la eternidad con mis herramientas y  con mi esencia.
El sol daba de lleno en el cadáver del niño. Él se derrumbó y comenzó a llorar y la sangre volvió a fluir lentamente; se escurría por el cuerpo del infante, y el nonagenario hombre se caía de bruces a un lado. Luego, sobre un lienzo escribió con la misma sangre su nombre, después de incorporarse con dificultad. Quedó escrito para la posteridad.


Laura no entiende lo que pasa, y es por eso que está furiosa. Deja de ponerle atención a la extraña y se dirige hacia un espejo. Quiere ver y no ver a la vez su imagen, su cuerpo vestido en negro, color totalmente opuesto al de su piel; observa con atención su cabello lacio del color de la más oscura noche; mita también sus ojos verdes.
- ¿Quieres darle vuelta al lienzo? – Pregunta la extraña a Laura, pero no responde – Mejor lo haré yo. Se las presento. Ella es Aurora.  
Se dirige hacia la mesa y le da la vuelta al lienzo y se los muestra; ellos lo miran sin comprender. Laura se confunde aún más. Miran la pintura por detrás en color rojo oxidado.
- Raúl Rigores – dice Alfredo.
- Siempre estuviste loco, pero no sospechaba que eso lo hubieras escrito con tu propia sangre. Lo que sí se es que no moriste hasta setenta y dos años después, ¡qué romántico!
- ¿Qué es todo esto? – pregunta Laura.
- ¿Ah? – expresa Alfredo.
- El tiempo es un obstáculo para el amor, pero también lo fortalece. Es ahí cuando todo renace, quizá en otro instante, en otra vida, en otra muerte, en nuestro tiempo. Rebeca Segovia, mucho gusto. ¿Me dejan pasar? Huele café y hace mucho que no tomo eso.
Éste es uno de los pocos textos que he escrito con los que me he sentido del todo satisfecho. Me vino a la mente en una clase de matemáticas donde, en vez de escuchar la explicación de las paráblolas, comencé a cuestionarme muchas cosas, luego en la parte de atrás del cuaderno coloqué fechas y más preguntas.

El cuento se desarrolló en mi mente a lo largo de unos cuantos días, en los cuales decidía qué sería mejor para la trama y procurando no cometer errores, pues la historia requiere de mucha atención en los detalles. Es algo largo, así que tómense su tiempo y digieran este enredo.

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EDITADO: No es nada espectacular, simplemente ordené un poco más el cuento, le corregí ciertas partes. Por otro lado le hice un mejor preview que, según yo, va más acorde a la historia.

Espero que comenten sobre el cuento. Y si el preview les gusta, tal vez lo suba a mi galería después.
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:icontatis123:
tatis123 Featured By Owner Dec 29, 2007
VAYA, ES REALEMENTE INSPIRADOR, SI ME LO PERMITES ALGUN DIA HARE A LAURA, ME ENCANTA LA FORMA EN QUE LA DESCRIBES....ES UN CEUNTO GENIAL, VEO QUE CUIDASTE CADA DETALLE....ES MAGNIFICO, ADMIRO TU FORMA DE ESCRIBIR, Y ME GUSTA EL HECHO DE QUE UTILIZES PALABRAS EXTRAÑAS, A MI TAMBIEN ME GUSTA, PERO TENGO UN LEXICO MUY REDUCIDO....TE FELICITO HAS LOGRADO CAPTAR MI ATENCION EN ESTA HISTORIA Y HAS FASCINADO MI IMAGINACION....:clap::+fav:
Reply
:iconcronosmu:
Cronosmu Featured By Owner Dec 30, 2007  Hobbyist Writer
Sería todo un honor que alguien hiciera un dibujo o una pieza de arte basada en este cuento.

Lo de las palabras no es tan difícil. Creo que adquirí el léxico cuando me empezó a dar envidia que los escritores usaran palabras fuera de lo común. Ya de ahí es pura ambición y hasta egoísmo para adquirir dicho léxico sofisticado.
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Cronosmu Featured By Owner Dec 27, 2007  Hobbyist Writer
¡Y no me vuelvan a comparar con García Márquez, por favor!
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:icondavid-parr:
David-Parr Featured By Owner Jun 12, 2006
:) muy bueno y entretenido, felicidades :clap:
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Cronosmu Featured By Owner Jun 13, 2006  Hobbyist Writer
Muchas gracias. Me alegra que te haya gustado.
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:iconpoorlittlegirl:
PoorLittleGirl Featured By Owner Jun 10, 2006
La genialidad de un escrito asi no puede ser mayormente premiada por mi mas ke con un fav.. porke es mi forma de expresarte cuán, cuán fascinada estoy con tus palabras.
El formato
El vocabulario
El orden
Los personajes
La profundidad..

Que sublime!
Todo lo ke llamaria un escritor!
Me asombra mucho ke seas alguien a kien llamo par... sinceramente siento admiración


Palmas.. palmas... tu texto tiene vida
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:iconcronosmu:
Cronosmu Featured By Owner Jun 10, 2006  Hobbyist Writer
Ándale, esas palabras tuyas sí me llegaron, tan así que me dejan sin palabras. Me alegra que pienses todo eso del texto que escribí producto de la aburrición en matemáticas, y más que te trasnmitiera.

De alguna manera yo ya tenía hechos a esos personajes desde hacía tiempo, y creo que encontré el lugar perfecto para que convivieran. Por cierto, ese Alfredo cómo me cae de bien.
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